Hay quien tiene
la manía de cerrar cada puerta que abre, sin entornarlas, sin que deje entrever
ni un rayo de luz por mínimo que sea. Puede que no sea tan mala manía después
de todo…
Juegas, apuestas
con miedo, tocas el cielo con la punta de los dedos y caes, pierdes. Después
llega alguien que te da los buenos días con la boca cerrada, la mirada abierta
y la sonrisa curvada. Pero tú recuerdas el último juego en el que apostaste hasta
el último de tus mejores besos y perdiste todo. Entonces te cierras, no dejas
que el nuevo postor te ayude a jugar bien las cartas, no quieres sus estrategias
por si vuelven a estar gafadas con otro truco viejo. Estás muerta de miedo y no
quieres caer otra vez, no quieres ilusionarte con más partidas y, a partir de
ese momento, el “y si…” se queda a dormir todas las noches.
¿Sabéis qué? Que
una, dos, tres e incluso una decena de personas no supieran entender tu juego,
quererlo y quedarse con él, no significa que los que le sucedan vayan a
ignorar tal premio. Que once, doce, trece e incluso una veintena de personas te
defraudasen y te hicieran daño no significa que todos los que le sucedan vayan
a machacarte.
Si por cada
intento para que algo funcionase me dieran un euro, sería la persona más rica
del mundo. Pero no lo soy, lo que me han dado han sido lecciones, lecciones que
hoy siguen teniendo un sabor un tanto amargo, pero sigo apostando por la
dulzura de nuevas miradas,… puertas.
“Que el temor a
fallar no te impida jugar”, cierra las puertas que no te han traído más que
quebraderos de cabeza y abre las que tengan nuevas oportunidades. Dobla la
esquina si quieres, pero pasa página. Puede que pierdas otra vez, pero yo
prefiero la manía de apartar lo tóxico y abrazar lo inesperado.
Yo prefiero que
el “y si…” de los cojones no se quede a dormir todas las noches.
"Y es que hoy hace un día precioso. Precioso de dejarse querer y no poner excusas. Un día para olvidarse de las cosas tristes y de aquellas que nunca sucedieron. Un día precioso, en el que parece que todos los problemas no tienen importancia, si al menos una vez a la semana brilla el sol en el cielo como si fuese una gran sonrisa. Es un día de esos de abrazarse a uno mismo. De querer ir, llegar tarde, disfrutar del camino.
Un día precioso... porque alguien volvió a robarme abril."
