Una noche más en
mi rincón personal. Pero esta vez no serán buenas nuevas, ni buenos días, ni
noches, ni palabras rosa pastel lo que aparecerá aquí, y yo siempre he sido una
fanática y fiel seguidora de los dramas. Pero nunca me imaginé que dolería tanto,
y es que dicen que cuanto más alto subas, más grande será la caída.
Estaba pletórica,
entusiasmada, enamorada; feliz. Creía que era intocable (emocionalmente
hablando) y que lo iba a seguir siendo durante mucho tiempo.
Sorpresas, planes;
sueños. Tenía tantas cosas pendientes concentradas en un nombre y apellidos y
tantísimo tiempo por delante que me olvidé de los números del calendario y del
tic-tac del reloj del salón.
Murphy me ha dado
unas palmaditas en la espalda y me ha hecho recordar que todo tiene su punto
débil, y ha sido entonces cuando todo ha empezado a tambalearse. Todo se ha desplomado,
desecho y roto; mi caída ha sido estrepitosamente dolorosa y es mi corazón el
que está escribiendo desde el primer renglón de este rinconcito hasta el último
punto y final, y es que tengo una fina y salada tela en los ojos desde hace dos
horas que me impiden distinguir las palabras y que me acompañará durante
bastante tiempo. Pero si algo tengo claro y nítido como el agua que empapa mis
mejillas es que «nunca deseé tanto que nadie me encontrase», y por ello no
puedo nada más que desearte lo mejor para ti, que la vida te sonría lo mismo que
tú me has hecho sonreír a mí. Gracias por tanto en tan poco tiempo. No puedo
arrepentirme de nada, porque nada me hará olvidar estos últimos meses. Así que
espero que te enamores de la forma de escribir de otra persona que no te quiera
menos porque sea lunes, yo nunca dejé de hacerlo.
Te quiero, mor.
