lunes, 25 de noviembre de 2019

Carta a ti, mujer valiente

25 de noviembre de 2019

Querida amiga:

Lo primero, tranquila.

Habrá veces que te encerrarás en ti y tirarás la llave fuera; deja que la gente que te quiere entre, no pasa nada, no es debilidad, es saber pedir ayuda cuando más lo necesitas. Grita, deja de tapar el llanto con la almohada. 

Respira. ¿Ya? Es muy importante para lo que viene y quiero que te prepares, porque después de esta experiencia te vas a llevar algo contigo que no te vas a poder quitar de encima; miedo. 

No hay nada que pueda decirte para prepararte y lo siento. No lo viste venir, no es tu culpa. Oye, es muy importante que recuerdes esto: no es tu culpa. 

No sé qué puedo decirte, bueno, sí.  No tengas tanta paciencia, el amor no va de eso.
Si hay comentarios que no te gustan, dilo.
Si hay comportamientos que no te gustan, dilo.
Sea lo que sea, habla.

Amiga, el no hacerlo traerá consecuencias más adelante. Y ahí es cuando vas a empezar a experimentar esa losa; un miedo irracional al que ya, en este punto, tendrás que acostumbrarte. Poco a poco, esa sensación parecerá que se va a ir evaporando, pero... Paciencia. Paciencia y fuerza.

No puedo decirte nada más, lo siento, de verdad.

Por último, lo vas a dudar todas y cada una de las noches, pero sí, eres una de las personas más fuertes que conozco, vas a salir de todas y cada una de las decepciones, de los baches y de los golpes. 

Hay gente que te quiere y te respeta, tú también deberías quererte un poquito más, respetarte un poquito más. Porque así, con un poco más de suerte y amor propio, la próxima carta que te escriba será con una cerveza en la mano para brindar por ti y por mí.

25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

Ni una más, ni una menos.


miércoles, 23 de enero de 2019

Y suspiraste

Cuando pierdes el control y se te escapa un suspiro entrecerrado, como si tu cabeza necesitara un descanso pero tu boca no acabara de abrirse para soltarlo. Entonces te lo guardas, por miedo a que suene tan fuerte que sobresalte tus miedos y los despierte del sueño donde los pusiste a dormir. 

Se queda dentro, enquistado. Ese suspiro y los treinta anteriores, los cuales no fue la boca quien no los dejó escapar, fuiste tú. Pensaste que no valía la pena hacer ese esfuerzo y que la señora que se sentó a tu lado en el bus, ataviada con bolsas de la tienda que acababa de abrir en el barrio, se enterase que algo pasaba contigo.

Están todos encerrados, y tú con ellos.


Son las tres de la mañana y notas que hay uno más que quiere salir, estás sola y enterrada entre las sábanas de franela de tu cama. Ahora sí, ¿no?

El pecho va inflándose, cierras los ojos, sacas la nariz a la interperie de aquella habitación, cierras los ojos, notas como los pulmones parecen no tener fin, aire, más aire, más, más...

Y sale. El suspiro de la última vez, los treinta anteriores, los miedos enquistados y puede que un poco niebla en las retinas.

¿Qué esperabas?
¿Seguir teniendo el control?

domingo, 3 de diciembre de 2017

Un bar solo y un café vacío

Nuvole Bianche - Ludovico Einaudi 
"ーSolo escribes cosas tristes, pero siempre estás sonriendo.
ー...Las sonrisas se llevan por fuera, las batallas por dentro. Apuesto a que todos vosotros os habéis visto abordados por la melancolía, añoranza, morriña,... llamadlo como queráis, sabéis perfectamente a lo que me refiero. Os asaltaron los recuerdos del último cajón pero salisteis a la calle vestidos con la mejor de vuestras sonrisas. Todo el mundo tiene sus batallas, solo que unos pocos nos gusta acompañarlo con un poco de tinta y papel."
No buscamos ni entristecer ni complacer a nadie.


ーHola, ¿qué desea?ーHola, un café, por favor. Solo.


Tantas y tantas veces haciéndote la valiente, pensando que tenías el mundo entero en la palma de tu mano, que sabías todo lo que necesitabas saber; ni más, ni menos. Pensabas que sabías defenderte de todo o al menos lo intentarías; saldrías del fango con la cabeza alta y mirada fija al frente aunque estuvieras de barro hasta las cejas.


ーAquí tiene. ¿Quiere sacarina?ーNo, gracias, azúcar está bien.


¿Y el valor de dar siempre el primer paso en todo? No aguantabas el más mínimo atisbo de duda, dejaste el "y si..." de los cojones atrás hace mucho, mucho tiempo. O eso creías.
Amabas la transparencia y la opacidad al mismo tiempo, sabías que había lugar para ambas, que cada una tenía su tormenta y su calma. El café nunca había estado tan amargo, te quedaste sin azúcar y sin nadie que te la echase cuando estuvieras despistada. Aquí no solo el bar está vacío por dentro.

Observas al camarero, el cual mira desconsolado a través del cristal a esperas de que alguien se decida a entrar y ver lo acogedor que su pequeño pero íntimo establecimiento es.

No te preocupes -susurras. Quieres consolarlo, decirle que no siempre se puede ser valiente, que a veces el mundo puede escaparse de la palma de la mano pero aún así sabrás todo lo que necesites saber en algún punto. Que del fango se sale, aunque hay días que puede costar un poco más sacudirse el barro, que hay veces que te bloqueas y no das el primer paso pero aprendes a caminar. Sí, es cierto que hay días en los que la opacidad no funciona y dejas que la transparencia se apodere de ti y rompes a llorar desconsolada.

Deja de observar la calle para volver a contemplar su local, aún vacío a excepción de tu mesa.Le miras, le sonríes mientras tus ojos intentan abrazarlo.

«Puede que no entre nadie hoy, pero gradualmente alguien se dará cuenta de todo lo que puedes ofrecer y lo acogedor que puede llegar a ser... Te aseguro que esa persona sabrá valorar tu esfuerzo, como yo lo hice hoy».


ーAdiós, muchas gracias por el café.ーGracias a usted, vuelva pronto.

Sonríes
«Quizá con unas cuantas batallas menos, y un poco más de azúcar en el bolsillo».


Resultado de imagen de tomando café sola en un bar



↬María💫


viernes, 14 de julio de 2017

Así

Como el primer pétalo caído de una rosa blanca de tacto sedoso que está empezando a marchitarse.

Como el grano de arena que es arrastrado con fiereza por la próxima resaca de la madrugada.

Como la primera gota de agua que se pierde en la garganta más árida.

Como el último roce de un abrazo eterno entre dos almas sedientas de fricción.

Como el eco de la última campanada del tic tac del reloj centenario del salón.

Como la última nota melancólica, melodiosa de mi canción favorita de Ludovico.

Como la caricia de la temprana brisa otoñal en la mejilla más atrevida.

Como la curva medio caída fruto de una sonrisa sincera.

Como el silencio tras el último suspiro del llanto más penetrante.

Como la última lágrima tímida que se desliza libre aunque pesarosa por el semblante más dolido.

Así. Inmóvil, inerte. 

En la desidia más oscura. 
En el pétalo más marchito.
En la arena más húmeda.
En la garganta más sedienta.
En el roce más efímero.
En el eco más inaudible.
En la nota más triste.
En la caricia más fría.
En la sonrisa más abatida.
En el silencio más hosco.
En la lágrima más insípida.

Así. Absorta.

Y abatida. 


«El hecho de que los castillos de arena sean efímeros nunca me impidió hacerlos lo mas hermosos posible».


lunes, 17 de abril de 2017

A los componentes de la banda de San Juan:

«El que prescinde de un amigo es como el que prescinde de su propia vida» —Sófocles.

Tengo que hacerlo, y hoy que tengo el cuerpo la mente más serena, no quería desaprovechar la oportunidad de dejar un pedacito de mí aquí, para vosotros. Un pedacito que tenía que haberme armado de valor y soltarlo el sábado después de esa sorpresa tan bonita que hicisteis, pero siempre se me ha dado mejor escribir que hablar, así que aquí va.

En realidad no sé cuántos años exactos llevo con vosotros, tampoco me es demasiado importante, nunca medí la felicidad en tiempo, sino en momentos, y no tenéis idea de la calidad y la cantidad de momentos que me habéis regalado (y estáis regalando). Los ensayos no eran un ‘deber’, sino más bien eran como una vía de escape, algo que sabía que me aportaba mucho más de lo que yo pensaba, ¿y la compañía? La compañía era, es y seguirá siendo envidiable.

Por más que quiera plasmar todo lo que tengo acumulado en la cabeza y corazón en este rincón personal, no os haría justicia. Sois un grupo estupendo, sano (metafóricamente hablando, lo siento), con sentido del humor, humildad y simpatía desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies, y hacéis que cada momento con vosotros cuente y que las mentes nubladas se vuelvan un poco más claras. Y lo mejor es que lo hacéis sin daros apenas cuenta, recordad cada sonrisa que habéis arrancado… puede que penséis que no tiene importancia, que lo hacíais sin esfuerzo y, a veces, hasta sin daros cuenta. A mí me hacíais un mundo.

No puedo por más que quiera dejar de daros las gracias. Gracias por lo que me habéis aportado. Gracias por lo que me habéis ayudado. Gracias por lo que me habéis aconsejado. Gracias por ser la vía de escape, el deber, la compañía y el amigo más imprescindible y bonito que puedo tener.
No sé dónde estaré el año que viene, pero cada día se me hace más difícil la idea de estar un poquito más lejos de vosotros, así que como dijo Almudena: no toméis esto como un ‘adiós’, sino como un ‘hasta pronto’.

Y como dijo Sófocles…

No podría prescindir de vosotros, porque estaría prescindiendo de mi propia vida.
Os quiero.


—María (la mayor, olo olo olo… 😉)




miércoles, 15 de junio de 2016

Volví



Me prometí que nunca volvería pasar  y, en cambio, aquí estoy.
Me prometí que nunca volverías a pasar y, en cambio, allí estás.
¿Promesas a mí? Para qué… Me han embriagado tantas noches que debería ser inmune a la resaca consiguiente.


Cayeron sobre los recuerdos hojas de mil otoños y temblé. Muerta de miedo sacudí cualquier resto de miradas impasibles, pero aquí estoy, volví.


Oye, déjame decirte, déjame contarte, déjame explicarte que hay una puerta entreabierta. Si por mí fuera estaría más que abierta con un “bienvenido” bordado con medias sonrisas. No la sujetes, o la cierras o la abres. La brisa que asomaría, aunque fresca, sería algo pesada. No quiero ninguna decepción a las espaldas, a lo largo del camino he conseguido librarme de mis peores pesadillas, esas en las que aún no aparecías.



¿Y ahora qué? ¿Vuelta a empezar? Me prometí que nunca volvería a pasar…

En algún rincón del sur, no es que volviera, es que nunca me fui del todo.



miércoles, 9 de marzo de 2016

No es culpa tuya

Cualquier noche de cualquier sábado tras cualquier fiesta. “¿Ya te vas?”, “¿vuelves sola a casa?”, “¿quieres que te acompañe?”… “No, da igual”. Despídete, coge el abrigo, el bolso y a la calle. Si el abrigo tiene capucha, póntela. Deja los auriculares en el bolso, súbete la bufanda, agacha la cabeza, acelera el paso, las llaves en el bolsillo izquierdo, el móvil en el derecho. Silbidos en las calles, “piropos” en las fiestas, roces en los bares,… Si quieres llamarme: por mi nombre. Si quieres conocerme: acércate y háblame bien. Si quieres pasar: un “perdona” y las manos por encima de la cintura. Si decido irme a casa sola no es por valentía; no quiero que llegue el día en el que esté tan acostumbrada a ir acompañada, que dependa de alguien para poder volver a casa sin estar aterrada.

Estas cosas que deberían parecernos estúpidas, se han convertido en algo habitual y rutinario. No tendría que acelerar el paso al volver a casa un sábado por la noche, tampoco tendría que cambiar mi ruta a calles más transitadas y mucho menos sentirme amenazada o avergonzada en ningún lugar. Preguntad a cualquier amiga, prima, conocida,… me apuesto lo que queráis a que al menos 2 de cada 3 se han puesto nerviosas al volver a casa de noche. Y es que tenemos dos problemas: la noche y la calle. No hace falta haber sufrido un ataque del tipo que sea anteriormente para sentirnos así cada vez que volvemos a casa.

“Con ese vestido normal que se te acerquen, vas provocando”. No. Yo no me visto para provocar, no elijo mi ropa para el disfrute de los demás.

“¡Normal que le haya pasado algo a las dos! Iban solas…”. No. Son dos personas, iba una con la otra, no iban solas.

Podría seguir, de verdad. Hemos escuchado tanta, tanta, tanta mierda… ¿Y lo peor? Que nos hemos acostumbrado a ello, lo vemos como algo normal, ¡y no lo es! La sociedad nos ha educado en el miedo a la violación, el foco está en nosotras, cuando lo que deberían hacer es educarles a ellos para no violar.

Mientras tanto, no nos silbéis en las calles, “piropeéis” en las fiestas u os hagáis los locos apartándonos para pasar en los bares.


… la culpa no es nuestra.