Cuando pierdes el control y se te escapa un suspiro entrecerrado, como si tu cabeza necesitara un descanso pero tu boca no acabara de abrirse para soltarlo. Entonces te lo guardas, por miedo a que suene tan fuerte que sobresalte tus miedos y los despierte del sueño donde los pusiste a dormir.
Se queda dentro, enquistado. Ese suspiro y los treinta anteriores, los cuales no fue la boca quien no los dejó escapar, fuiste tú. Pensaste que no valía la pena hacer ese esfuerzo y que la señora que se sentó a tu lado en el bus, ataviada con bolsas de la tienda que acababa de abrir en el barrio, se enterase que algo pasaba contigo.
Están todos encerrados, y tú con ellos.
Son las tres de la mañana y notas que hay uno más que quiere salir, estás sola y enterrada entre las sábanas de franela de tu cama. Ahora sí, ¿no?
El pecho va inflándose, cierras los ojos, sacas la nariz a la interperie de aquella habitación, cierras los ojos, notas como los pulmones parecen no tener fin, aire, más aire, más, más...
Y sale. El suspiro de la última vez, los treinta anteriores, los miedos enquistados y puede que un poco niebla en las retinas.
¿Qué esperabas?
¿Seguir teniendo el control?
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