Las hojas de papel
te conocen cada noche más. Las sábanas también lo hacen, o llevan haciéndolo desde
que agua salada las empapaba hasta que me quedaba dormida. Cada noche me gusta
imaginar que en cualquier momento apareces por la puerta con la mejor de tus sonrisas
y los brazos abiertos. Corro allí donde siempre he tenido refugio y todas las lágrimas que mis sábanas han
retenido, me las devuelven y escapan sin previo aviso alguno, como un boomerang.
Pero no te dejes engañar, no es tristeza lo que muestran, sino alivio.
También me gusta fantasear
con nuestros viajes. ¿Roma? Piénsalo. Que sus calles sean testigos de todo
esto. Esas calles llenas de historia, arte y pasión. Quedarnos mirando durante
horas la Fontana Di Trevi, la plaza de San Pedro, el Coliseo, el foro romano y
el Palatino, desde el barrio del Trastévere hasta la Piazza Navona, pasando por
el templo del Gesú, la plaza Venezia, el mercado de Trajano… ¡siempre que sea
contigo!
Cierra los ojos. Ábrelos despacio y dime qué
ves. Porque lo único que puedo ver yo son ganas. Sigo teniendo los ojos llenos
de ganas de verte.
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